National Eating Disorders Association

Stories of Hope

Soy hispana y me recuperé de la anorexia
By Corazón Tierra

Por Corazón Tierra

Cuando me miro al espejo veo a una mujer llena de curvas exuberantes, con unas cuantas canas en las raíces y una sonrisa amplia. Me veo y me siento llena de alegría, fuerza y gracia. Siento todas estas sensaciones maravillosas en mi cuerpo y en mi alma, en ese lugar donde cuerpo y alma viven en completa armonía.
Hay un silencio tierno dentro de mí cuando me miro al espejo. Ya no me juzgo. No critico mi apariencia física. No me siento avergonzada de mi cuerpo. Ya no siento necesidad de controlar mi vida tratando de perder peso. No rechazo la comida, ni el amor, ni el placer. Ahora cuando me miro al espejo veo a mi yo verdadero, una mujer que amo incondicionalmente.
¿Cómo llegué aquí? Hace 20 años odiaba mirarme al espejo. Me sentía fea y gorda, a pesar de que todo el mundo a mi alrededor siempre estaba elogiando mi delgada figura.
Mi familia y mis parientes pensaban que todo iba estupendamente bien en mi vida. Me acabada de graduar de la universidad y estaba lista para comenzar mi carrera como artista de danza-teatro y escritora. “No es solamente la más inteligente en la familia, sino también la más flaca”, comentaban entre sí. “Que más puede querer, lo tiene todo”.
Mi familia no sabía que yo había padecido de un trastorno alimenticio desde mi adolescencia. En mi adolescencia me había dedicado a contar las calorías de todo lo que comía y a hacer ayunos. Pasaba hambre y hacía ejercicios hasta el punto del agotamiento. Pero mi familia no sabía que estos comportamientos compulsivos eran señales de una enfermedad seria. Ellos no sabían que mi peso, siempre por debajo de lo normal como resultado de mis dietas y ayunos, no era un peso saludable.
En ese tiempo no existía concientización acerca de los trqstornos alimenticios en la comunidad donde me criaba en Pueto Rico. La gente hablaba acerca de la obesidad y de perder peso, pero no acerca de los trastornos alimenticios.
Mi madre se pasó casi toda mi infancia hacienda dietas para perder peso. Crecí viendo su frustración cada vez que no alcanzaba el peso deseado, cada vez que aumentaba de peso, cada vez que iba a una tienda y no conseguía ropa bonita en su talla. A veces mi mamá intentaba convercerme para que yo comiera; me praparaba remedios caseros para abrirme el apetito. Pero yo me negaba a tomarlos. No quería tener que luchar con el sobrepeso como ella.
Mi trastorno alimenticio se inició temprano en mi infancia. Sin embargo, hubo una época en que yo vivía libre de estas preocupaciones. Recuerdo que a la edad de cinco años me pasaba saltando en piedras gigantescas. Desde las piedras intentaba alcanzar los deliciosos tamarindos. Estas frutas siempre sorprendían mi paladar con su sabor agridulce, tan dulces como un mango y tan amargos como un limón.
Me crié en una pequeña finca tropical donde la comida estaba presente en cada esquina. Al regresar a casa de la escuela, me gustaba encontrar mi merienda; no en el refrigerador, si no colgando de las ramas de un árbol. Después comía mi merienda disfrutando del atardecer y de la vista del mar.
A esa temprana edad aprendí a valorar los frutos de la tierra. A mis padres les encantaba cultivar la tierra y preparar comidas con una gran variedad de vegetales y mariscos. En esa época yo comía con alegría, sin preocupaciones ni miedos.
Pero después una nube gris se apoderó de mi casa. Mis padres empezaron a pasar por un momento difícil en su matrimonio. Mi padre empezó a beber alcohol y a estar ausente del hogar. Se volvió distante. Perdí el cariño y la confianza que antes tenía en mi relación con él.
Mi madre se empezó a deprimir y comenzó a buscar refugio en mí. Me convertí en su pequeña consejera. Aprendí a apoyarla siendo una niña completamente obediente y “madura”. Eso para mí quería decir que no debia expresar mis necesidades. Fue en ese tiempo que me empecé a tragar mis sentimientos: la rabia, los miedos y el dolor. También me empecé a tragar mi hambre, a contar los granos de arroz que comía. Era un ritual para anestesiar mis sentimientos.
La niña espontánea y feliz que solía jugar entre los árboles había desaparecido cuando llegué al segundo grado de la escuela primaria. Le tenía miedo a todo; miedo de hablar porque no sabía que iba a pasar después. Recuerdo los rostros de mis padres, con rabia, resentimiento, dolor. El silencio era mi aliado.
No recuerdo exactamente el momento en que mi miedo a ser gorda empezó a deformar mi imagen corporal. Recuerdo que a los siete años de edad yo ya sentia un miedo atroz a ser gorda; y por eso comía muy poco. En esos años ese miedo siempre estaba escondido en un rincón de mi mente. Era delgada y me sentía delgada.
Cuando llegué a la adolescencia ese miedo se convirtió en una fuerza abrumadora. Tenía que hacer algo para controlar mi cuerpo, para detener su salvaje crecimiento. Empecé a ponerme a dieta, a hacer ayunos y a pasar hambre.
Cuando ingresé a la universidad mi mente estaba llena de voces compulsivas que me exigían alcanzar “perfección”. Esas voces querían controlar todos los aspectos de mi vida desde mi carrera hasta mi propio cuerpo. Tocaba mi cuerpo y mis caderas y una voz en mi mente repetía: “Tienes que hacerte pequeña, pequeñita”.
Después que me gradué de la universidad un suceso inesperado cambió mi vida para siempre. Vivía en una pelea constante conmigo misma tratando de perder más y más peso con dietas y ayunos. Pero dentro de mi también estaba naciendo otra fuerza, una fuerza que me impulsaba a buscar mi autenticidad.
Anhelaba expresar mi verdad más profunda en mi labor de danza-teatro. Quería bailar y cantar toda la belleza y armonía que sentía dentro de mi corazón. Pero no podia expresar mi verdad porque me sentía fea e incómoda en mi cuerpo. Me sentía demasiado avergonzada y tenía miedo de que la gente me viera o me tocara. Mi yo auténtico estaba atrapado dentro de una armadura falsa. Yo sabía que la gente veía por fuera a un ser que no era mi verdadero yo.
Fue entonces que llegó una respuesta al deseo de mi alma. María Mar, una artista de danza-teatro, maestra, chamana y experta en crecimiento personal, me invitó a que me uniera a su laboratorio sanativo. En este laboratorio María iba a ayudar a un grupo de artistas a sanar sus heridas emocionales mediante su sistema de crecimiento personal, un método que usaba las artes como instrumentos sanativos.
Acepté su invitación sin la menor vacilación. Ya había conocido a Maria Mar en sus talleres de danza-teatro, a los que asistí mientras estudiaba en la universidad. Le tenía mucha confianza. Sabía que me podía ayudar a ser más auténtica en mi trabajo de danza-teatro.
No me imaginaba que este laboratorio sanativo se convertiría en el comienzo de mi recuperación de la anorexia. Un día María me pidió que dibujara mi cuerpo en una hoja de papel. Dibujé mi cuerpo como yo pensaba que era mi cuerpo, un cuerpo extremadamente gordo. Cuando María vio el dibujo me dijo: “Este no es tu cuerpo. Tú no eres gorda. ¿Te sientes así?”.
Entonces por primera vez en mi vida me di cuenta. Un torbellino de memorias me atrapó el cuerpo: mi desmedida obsesión por controlar mi vida, los constantes ayunos, la compulsiva y excesiva atención que ponía en las calorías. Y en el fondo de mi alma, el miedo a expresar mi dolor, mi necesidad de ser aceptada por los demás, la sed de cariño, mi tristeza.
Ese día, frente a un dibujo que reflejaba mi percepción herida, las lágrimas brotaron de mi cuerpo como nunca antes. Sentí la verdad de mi cuerpo y lloré desde lo más profundo de mi ser. Estas lágrimas abrieron los caminos de mi verdad; caminos que me llevaron a rescatar los retazos olvidados de mi alma y a regresar a mí misma.
Después de esta experiencia finalmente acepté que yo padecía de un trastorno de la conducta alimentaria. Hice un compromiso conmigo misma. Acudí a una psicoterapetua y continué asistiendo al laboratorio sanativo de María Mar hasta que me recuperé por completo. Recibí toda la ayuda necesaria durante varios años hasta que me empecé a sentir feliz y cómoda en mi cuerpo, lista para expresar a mi yo verdadero en el mundo.
En mi recuperación aprendí a desatar los nudos que me robaban mi presencia. Hilo a hilo, rescaté mi CuerpoAlma. Sentí mis heridas y las transformé mediante mis movimientos, danzas, canciones y poemas. Abrí mi corazón para recibir amor.
Me empecé a fascinar con las propiedades mágicas de los alimentos. Empecé a sentir como las hierbas, hojas y frutas entraban a mi cuerpo para darme su fuerza vital. Aprendí a amar mi cuerpo tal como es y aprendí a fluir con mis lágrimas y mi risa. Aprendí a estar presente en mi vida con el corazón abierto.
Recibí muchas bendiciones durante mi recuperación. Aprendí que la felicidad no es posible si no amamos nuestro cuerpo incondicionalmente. El cuerpo es mucho más que la apariencia física, mucho más que una talla o una cantidad de  kilos. El cuerpo es la casa del alma. El cuerpo nos permite recibir la vida en todos sus aspectos. Nos permite sentir, dar, degustar, tocar, ver, expresar la maravillosa esencia del alma.
He vivido feliz en mi cuerpo libre de trastornos alimenticios durante 15 años. Creo que la recuperación de un trastorno alimenticio es posible cuando nos abrimos a recibir ayuda, a recibir amor y a recibir el milagro de estar vivos. Comparto este mensaje de esperanza con mi comunidad, con la comunidad hispana en Estados Unidos y con las mujeres hispanas alrededor del mundo.
Ahora cuando me miro al espejo veo a una mujer hermosa de más 40 años de edad. Esa mujer se siente completamente cómoda en su cuerpo. Esa mujer es una bailaora, artista de danza-teatro, poeta, escritora y maestra de autoestima corporal. Es una mujer que ayuda a otras mujeres a vivir felices en sus cuerpos y a despertar a sus Diosas Interiores. Esta mujer le rinde tributo a su propio nombre: Corazón Tierra. ¡Esa soy yo!
Acerca de Corazón Tierra
Corazón Tierra es escritora, bailarina, poeta, experta en autoestima corporal, bloguera y creadora del Sistema CuerpoAdentro, un sistema que ayuda a la mujer a vivir feliz en su cuerpo mediante el poder sanativo de las artes. Sus presentaciones sanativas de danza-teatro, talleres, enseñanzas y publicaciones digitales han ayudado a cientos de mujeres a sanar su relación con sus cuerpos. En su libro “Cuerpografías”, a publicarse en otoño del 2011, Corazón comparte su experiencia sanativa mediante poemas y relatos. Corazón es también la creadora de No te hagas pequeña, primera campaña de autoestima corporal para la mujer hispana en Estados Unidos. Viisita su blog en http://www.cuerpoadentro.com o la página de la campaña en http://www.notehagaspequena.com

A Latina’s Recovery Story of Anorexia

By Corazón Tierra
 

When I look at myself in the mirror I see a woman full of exuberant curves, with a few white hairs in her roots and an ample smile. I look at myself and I feel joyous, strong and graceful. I feel all of these wonderful sensations in my body and soul, in that magical inner space where body and soul are in complete harmony.
When I look at myself in the mirror there is a tender silence in my mind. I don’t judge myself. I don’t criticize my physical appearance. I don’t feel ashamed of my body shape.
No longer do I feel the need to control my life by losing weight. No longer do I reject food, love, pleasure. Today when I look at myself in the mirror I see my authentic self, a woman whom I love unconditionally.
How did I get here? Twenty-years ago I hated my image in the mirror. I felt ugly and fat, even though everybody around me often complimented my skinny figure.
My family and relatives thought that everything was going great in my life. I was a recent college graduate ready to start a career as a writer and dance-theater performer in New York City. “She is not only the smartest in the family, but the skinniest,” they’d say to each other. “She has it all.”
My family didn’t know that I had been struggling with an eating disorder since my teenage years. They didn’t know that my compulsive behavior-- measuring the calories of everything I ate, fasting, starving and exercising until exhaustion—was a sign of a serious illness. They didn’t’ know that being underweight as a result of dieting was not healthy.
How could they? There was no awareness about anorexia and eating disorders in the community where I grew in Puerto Rico. People talked about the dangers of obesity and about losing weight, but not about eating disorders.
My mother spent most of my childhood years on diets. I saw her frustration every time she didn’t reach her weight loss goals, every time she gained more weight, every time she couldn’t find beautiful clothes in her size. Sometimes my mother tried to feed me, giving me home remedies to open my appetite. But I refused to take them. I didn’t want to be overweight like her.
My eating disorder problem began early on in my childhood. At five, I was climbing on giant stones to reach the delicious tamarind, a fruit that always surprised my mouth with its flavor; sweet like a mango, yet sour like a lime. I lived in a small tropical farm where food was present in every corner. My favorite hobby after school was to find a snack, not in the refrigerator, but hanging from a tree; then eat it while enjoying the sunset and the ocean view.
From an early age I learned to love the fruits of the Earth. My parents enjoyed cultivating the land and preparing meals with a variety of vegetables and seafood. I remember eating with joy without worries or fears.
But then a dark cloud overtook my home. My parents began to have marriage problems. Out of his own despair, my father started to drink and to be absent from home. He became very distant. I lost the warm and trusting relationship I once shared with him. My mother looked for support in me and I became her little therapist I learned to give her support behaving as an obedient and mature girl, which to me meant not expressing my needs. That’s when I started to swallow my feelings: my anger, my fears, my pain. Somehow I also stopped feeling my hunger. I counted the grains of rice I ate. It was a ritual to numb my feelings.
The happy and spontaneous girl that played around the trees had disappeared by the time I reached second grade. I was afraid of everything; of talking because I never knew what would happen next. I remember angry faces, both of my parents. Resentment. Pain. Silence became my ally.
I don’t remember exactly the moment in which the fear of becoming fat started to distort my body image. What I remember is that at seven years old I was already afraid of getting fat. So I ate very little. In those years this fear was always in the back on my mind. I was skinny and I felt skinny. But when I reached puberty, the fear became overwhelming. I had to do something to control my body, to stop its wild development. I started to diet, fast and starve myself.
By the time I went to college my mind was full of controlling voices commanding me to achieve “perfection.” They demanded to control all aspects of my life from my career to my own body. I touched my body and my hips and a voice in my mind chanted: “I need to be smaller, very small.”
But after I graduated from college something unexpected happened that changed my life forever. I was constantly in a battle trying to lose more and more weight by dieting or fasting. But deep inside there was another force emerging, a force that was searching for my authenticity.
As a performer, I wanted to express my deepest truth. I wanted to dance and sing all the beauty and harmony that I felt deep in my heart, but I couldn’t. I felt too ugly, uncomfortable, too ashamed and afraid to be seen and touched by others. I was trapped in a persona that wasn’t me. I knew that what people saw outside was not the real me.
Then an answer to my soul’s yearning came in the form of an invitation. Maria Mar, a dance-theater artist, teacher, healer and personal growth expert, invited me to join her healing laboratory. She was going to help a group of people to heal their emotional wounds through her personal growth method, which incorporated the use of arts.
I didn’t hesitate to accept her invitation. I had come to know Maria in her dance-theater workshops, which I took while I was in college. I trusted her and I knew that she could help me become more authentic as a performer.
Little did I know that this healing laboratory would become the beginning of my recovery. One day Maria asked me to draw my body on a piece of paper. I did. I draw an extremely fat body. When Maria saw it she gently said: “This is not your body. You are not fat. Do you feel like this?”
And then for the first time in my life I realized it. A whirlwind of memories caught my body: my obsession for control, the constant fasting, my compulsive and excessive attention to calories, and beneath, my fear of expressing my pain, the need for acceptance and tenderness, my sadness.
That day my tears burst out in front of a drawing that reflected my wounded perception, I felt my body. I cried like I had never cried in my life. Each tear I cried opened up pathways to rescue the forgotten remnants of my soul, to return to myself.
After this experience, I accepted that I had an eating disorder. I made a commitment to myself, went to a therapist and continued attending the healing laboratory with Maria Mar until I was completely recovered; until I felt happy and comfortable in my body, ready to express my authentic self in the world.
In my recovery journey, which took years, I unraveled my absence. I rescued my bodysoul thread by thread, feeling and transforming my wounds through movement, dance, songs, poems and stories. I opened my heart to receive love. I became fascinated by the magic of food. I began to feel how herbs, leaves and fruits entered my body to give me their life force. I learned to love my body as it is and I learned to flow with my tears and my laughter, to be present in my heart.
During my healing journey I received many blessings. I learned that true happiness is not possible without a loving relationship with the body. The body is much more than physical appearance, much more than a size or a number of pounds. The body is the house of the soul. It is the vehicle that allows us to receive life in all its aspects. It allows us to feel, give, taste, touch, see and express the magnificent essence of our souls.
For almost 15 years I have lived happily in my body free of eating disorders. I believe that true recovery is posible when we open ourselves to receive help, to receive love and to receive the miracle of being alive. I share this message of hope with my community, the Latino community in the United States and with Hispanic women around the world.
Now when I look at the mirror I see a beautiful woman in her 40s, who is completely comfortable in her own skin. This woman is a dancer, performer, poet, writer and body esteem healer who helps women to love themselves unconditionally and to rescue their Inner Goddess. This woman lives up to her name in every action: Corazon Tierra, Heart of the Earth. That’s me, the real one!

About Corazon Tierra
Corazon is a writer, dance-theater performer, poet, editor, blogguer and creator of Beloved BodySoul System, a healthy body esteem system that uses the arts as a medium for self-development. She has helped hundreds of women to heal their body esteem through her teachings, workshops, dance-theatre performances and online educational content. Corazon is also the creator of the No te hagas pequeña Campaign, the first healthy body esteem campaign for Spanish-speaking Latinas in the U.S. Visit her blog at http://www.cuerpoadentro.com or read more in about the campaign in Spanish at http://www.notehagaspequena.com

 

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