Stories of Hope

No iré por mal camino; Aprecia el día
By Esteban Guijarro

En mi primer año de secundaria, comencé a correr para evitar la vergüenza que sentía en mi clase de educación física. Sentía angustia por el largo tiempo que me tomaba correr una milla. No me gustaba estar aislado. No quería empezar antes que los demás, porque tanto mi instructor como yo acordamos que si no retrasaría a la clase. Mi vergüenza produjo la necesidad de perfeccionar mis habilidades. Yo inocentemente creía que estaba haciendo algo con un propósito, cuando en realidad, se transformó en otra entidad completamente distinta. En cuestión de semanas,  desarrollé un gran talento que me permitió desarrollar grandes habilidades atléticas .
Mis carreras fueron un medio para identificar mi nivel de determinación, logro y deseo, por una parte reducían mi dignidad y por otra fomentaban sentimientos de inutilidad. Al cabo de unas semanas, empecé a purgar y estos pensamientos y sentimientos se hicieron más intensos y se solidificaron aún más. Durante mucho tiempo, sentí una creciente disparidad entre mi identidad personal y pública. Estaba confundido y extremadamente desalentado  por mi incapacidad para estar de acuerdo y aceptar los reconocimientos de los demás en cuanto a mi carácter y mis logros. La purgación, en su totalidad, me dijo que no era sólo invulnerable, pero también débil y patético. Yo era patético porque continuamente decidía purgarme. Sabía que no tenía valor, y que era una vergüenza. El purgarme me aseguró que tenía razón, y al hacer esto, yo tenía me sentía derrotista y deprimido en relación a mi destino y personalidad. Se convirtió en un problema fatal que no parecía merecer la pena solucionarlo.

Tenía la esperanza de que superaría esta enfermedad cuando entré a Harvard y me separé de mi entorno–mi hogar, mi familia, etc. Sinceramente, creo que en la raíz de cualquier adicción, ya sea de sustancia o por cuenta propia , hay un componente subyacente emocional y mental. He aprendido que esto resonaba más conmigo como hombre, en comparación a algunas de mis compañeras. Mi enfermedad fue una capa de blindaje emocional derivada de negligencia, vergüenza, superación, frustración sexual, y  disposición depresiva, por lo cual opté por ignorarlo durante mis primeros 18 años de vida. Utilicé mi desorden como una red de seguridad, una indestructible curita que nunca dejaba de ocultar mis heridas. Con el fin de hacer frente a mi propia insatisfacción y odio hacia uno mismo y conflictos internos y personales, tomé el orgullo y la estima en la disciplina y la manipulación provocada por la bulimia. Cada día podía depender en mí mismo para correr varias millas, o castigarme a mí mismo por comer más de lo que pensaba que era apropiado. No podía depender en nadie, anhelaba mi propio sustento.

Cuando comencé mi primer año en Harvard, fui capaz de mantener el éxito académico y social a pesar de mis trastornos alimenticios y todas sus manifestaciones negativas que exigían mucho tiempo. Sin embargo, conforme transcurría el semestre, mis clases dejaron de ser una prioridad. Mi bulimia tenía prioridad, con todos sus componentes psicológicos, incluyendo una grave depresión, deseos suicidas, abuso de sustancias y tendencias destructivas. 

A finales de octubre, me negaron divulgar mi sexualidad a mis compañeros, y que yo no la aceptara personalmente. A pesar de que ocurrió en la universidad, la situación era una reminiscencia de un drama de la escuela secundaria. Mi encuentro sexual con un chico al comienzo del año se convirtió en una situación extremadamente adversa.

Inseguro acerca de su propia sexualidad, el chico optó por seguir algún tipo de relación con una de mis amigas. Avergonzado de mi propia sexualidad, me faltaba la convicción para prevenir esta nueva relación que duró casi dos meses. Pasé el tiempo herido, sintiéndome culpable y atormentado por sus numerosas conductas sexuales inapropiadas conmigo y sin que ella lo supiese. Él alardeó sus conductas inapropiadas en un momento en que yo necesitaba el apoyo y la validación de otro varón homosexual.

Finalmente, él le reveló nuestro encuentro sexual a uno de mis compañeros de cuarto con el propósito de obtener apoyo académico y sexual. En lugar de detener su transgresión maliciosa, mi compañero de cuarto procedió a compartir esta información clandestina con mi amiga, totalmente empeorando la situación. Traicionado, abrumado y completamente perdido, busqué refugio lejos de Harvard ese fin de semana con el fin de procesar racionalmente la situación.

Afortunadamente, el golpe fue amortiguado por el apoyo incondicional de mis amigos más cercanos, y por suerte, la relación con mi amiga y mi compañero de cuarto prevaleció a pesar del incidente desafortunado. Sin embargo, me faltaba el apoyo interno. El ser gay hacía que me sintiera indigno y deshumanizado. La mayor parte de mi adolescencia transcurrió compensando mi vergüenza interior y homonegatividad usando la fachada de alguien extrovertido. No tenía necesidad de ser perfecto, necesitaba esfuerzo para que la poca autoestima que tenía se convierta en logros tangibles. Además, la conceptualización de los hombres gays llena de feminidad me produjo la sensación de luchar por la delgadez. Según lo dictado por nuestra sociedad, la delgadez femenina imprudentemente produce éxito, felicidad y aceptación.

Al final de ese mes, mi trabajo académico se había vuelto abrumador e inquietante. Al hacer frente a estos problemas difíciles, tuve que centrar mi atención en el discurso académico  continuo centrado en la sexualidad y la lucha real de muchos hombres homosexuales que viven una mentira. Algunas de las lecturas obligatorias de mis clases eran demasiado traumáticas, debido a que fuera del aula, yo estaba luchando con mi sexualidad junto con mi salud mental. Llegó un momento en que no podía separar mis luchas personales de mis esfuerzos académicos, los dos parecían coexistir, perpetuando mi agitación interna.

Conforme iba transcurriendo el tiempo, mi vida se descontroló—literalmente. Llegó el momento en que no era capaz de reprimir mis luchas personales. Traté de abstenerme de satisfacer mis conductas relacionadas con mi trastorno alimenticio, sólo para sentirme más vulnerable. Eventualmente, comencé con otros comportamientos autodestructivos. En el transcurso de un mes y medio, me forcé a confrontar públicamente mi sexualidad, revelar mi bulimia a mis amigos y familiares con reacciones mixtas, participar en un poco de terapia, y al mismo tiempo administrar mis estudios. Mis comportamientos autodestructivos y abusivos se habían convertido en mecanismos omnipresentes de supervivencia, los cuales me volvieron vulnerable a un mundo lleno de incertidumbres, conflictos y emociones inaceptables.

Como consecuencia de mis problemas, intenté suicidarme ese invierno, inmediatamente causando que me ausente temporalmente de Harvard. Frustrado por el mal manejo y pésimo tratamiento de mi caso por la administración, Harvard, esta institución de reconocimiento mundial, me identificó como un estudiante perjudicial e indeseable. Parecía inútil continuar con el tratamiento. Mi agudeza mental y lógica no estaban presentes debido al grave ensimismamiento en mi desorden. Fue sumamente esclarecedor el ver a las personas más cercanas a mí actuar como un lente objetivo e imparcial para evaluar mejor la magnitud de mi debilitamiento físico y mental. Comprendí que aunque no tenía la dignidad o el respeto de mí mismo para aspirar a curarme, no podía soportar la tortura y molestia que me rodeaban. Ellos sentían estas emociones porque me querían. Querían lo mejor para mí, y estaban enfadados porque yo no sentía lo mismo.

Entré voluntariamente a un centro de tratamiento el 19 de abril del 2012. Las dos primeras semanas las pasé en luto y pensando en la incertidumbre, en sentimientos negativos, y en mi falta de integridad. No tenía fe en mí o en mi equipo de tratamiento. No tenía la esperanza de un futuro saludable y mejor. Pensaba que siempre iba a ser terco e inútil. Después de las primeras dos semanas, por fin me encargué de buscar una mejora interna, tanto fisiológica como psicológicamente. Sabía que tenía la fuerza física y la capacidad de no complacer ciertos de mis comportamientos, aunque fuera por un día. Me sorprendí. Al abstenerme, mi agudeza mental y emocional comenzaron a florecer. El cambio en mis acciones al final provocó un cambio interno más profundo y permanente. Durante este tiempo, finalmente me comprometí a recuperarme.

La recuperación es un proceso continuo que requiere una enorme cantidad de fuerza interna y externa, aceptación, motivación y atención. La modalidad de recuperación está representada por y aplicada a los distintos niveles de atención. Nunca hay un momento en el que el tratamiento haya oficialmente superado al individuo. La continuidad introduce variables que representan las responsabilidades de la vida real. A menudo hay transiciones que pueden resultar en períodos difíciles. Puedo decir que a pesar de que esto sea verdad, la recuperación es posible y está disponible para aquellos que realmente la buscan.

Mi experiencia específica con mi trastorno de alimentación me ha llevado a una serie de conclusiones. Aprendí que, contrariamente a las manifestaciones físicas de la bulimia, los trastornos de alimentación son extremadamente represivos. No tengo el lujo de descuidar mis sentimientos, emociones o pensamientos. Cada uno está correlacionado con el otro, y estoy aprendiendo a aceptarlos. Es inapropiado juzgar que uno sea más  importante que el otro. En su lugar, trato de ordenarlos. Me pregunto, ¿es útil para mi búsqueda general de la felicidad y la satisfacción? Trato de actuar en nombre de mis valores, en lugar de mis impulsos.

En todo este proceso, creo firmemente que yo fui el responsable principal, obstruyendo la capacidad de otras personas para proporcionarme la comodidad y simpatía que necesitaba. Consideré mis emociones y problemas como una carga para los demás, o para mí mismo. A pesar de ello, tengo muy buenos amigos, sin los cuales yo no estaría aquí hoy. Mi sentido de la vergüenza no es un integrante definitivo para mi futuro, sino más bien parte de una experiencia que he padecido y que se puede ignorar con el fin de obtener resultados positivos para los demás y para mí mismo. Continuamente declaro que es mi responsabilidad evitar que otros renuncien a su confianza, poder, integridad e identidad a esta enfermedad. Vergüenza y culpabilidad transpiran en aislamiento y angustia. Es nuestra responsabilidad comunicar nuestras experiencias con el fin de disminuir el silencio y trascender el menosprecio y la negatividad en algo positivo y en la fortaleza del individuo. Yo vivo en la cara de la angustia, y espero inspirar. Espero que la frase siguiente (traducida del inglés) tenga el mismo efecto en usted:

“No iré por mal camino, no voy a tener miedo, no voy a correr; aprecie el día.” ~ Sade

Esteban M. Guijarro es un estudiante actualmente en la Universidad de Harvard. Sus aspiraciones profesionales exactas aún no se han descubierto, sin embargo él es un activista carismático para los trastornos alimenticios y insiste en la importancia de ayudar a los demás por medio de la comunicación, fortaleza personal y la educación. En estos momentos, él está escribiendo un libro de memorias centrado exclusivamente en temas relacionados con la salud mental y la homosexualidad, retrospectivamente subrayando la importancia de la recuperación combinada con la identidad y la libertad autoproclamada. Para cualquier consulta, se le puede contactar en: esteban.m.guijarro@gmail.com.

 

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